Por Bartlett, AMLO se desprestigia y desprestigia a su gobierno

Mario Rosales BetancourtPor Mario Rosales Betancourt (*)

Foto: Gobierno de México.

Vieja y trillada, pero cierta, la expresión «Una manzana podrida estropea al resto de las manzanas que hay en un mismo cesto».

Si hay un político totalmente desprestigiado en Mexico, es Manuel Bartlet. Coincidimos con el presidente López Obrador en que fue el llamado Neoliberalismo el que nos ha hecho más daño, y que fue en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, cuando este modelo de consolidó.

Fueron dos los personajes principales los que contribuyeron a que Carlos Salinas de Gortari fuera el poderoso presidente que fue: Miguel de la Madrid (que dio el dedazo a su favor) y Manuel Bartlett (quien operó políticamente para que no llegara Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de México).

Bartlett lo hizo no sólo con la caída del sistema, sino con múltiples acciones ilegales y fraudulentas, que como secretario de gobernación operó, y que Salinas premió con la Secretaría de Educación y la gobernatura de Puebla.

Eso sólo bastaría para considerarlo como uno de los peores depredadores de la democracia, y corresponsable de los males ocasionados por el Neoliberalismo salinista. Pero hay mucho más: se le ha señalado con fundamentos sólidos, como autor intelectual de homicidios de activistas y periodistas, entre otros Manuel Buendía y Carlos Loret de Mola Médiz.

De tales atrocidades no existen pruebas; incluso se quemaron las boletas electorales, o se acusó a subordinados, pero la posverdad lo ha condenado.

Ahora sí se presentaron pruebas contundentes, de una gran riqueza inmobiliaria, no declarada y no explicable. Pero lo grave ha sido la reacción, primero de la titular de la Secretaría de la Función Pública, Dra. Irma Eréndira Sandoval Ballesteros, que lo exculpó —aun antes de que se iniciara la investigación que ahora tiene obligación de hacer— con esa frase que la marcará para el resto de su vida política, la de que no es delito vivir en las Lomas.

Aún más cuestionable es la actitud, no sólo de defensa, sino hasta de exaltación, que ha tenido López Obrador con Bartlett. Primero le ha dado un lugar preeminente, incluso sobre la secretaria de energía, Rocío Nahle, que se supone es quien coordina y con quien debe acordar Bartlett, quien no es miembro del gabinete legal, como sí lo es la titular de la SENER.

Para probarlo diremos que en cuestiones como el acuerdo sobre los gasoductos, todos los reflectores fueron para el director de la CFE y nada para la Secretaría de Energía. Pero lo más negativo es que las grandes cualidades de López Obrador —su honestidad y pragmatismo— no se notan, y más cuando afecta su principal bandera, la lucha contra la corrupción, que le redituó la amplia votación y que le mantiene en su alta popularidad.

Así, por defender a un indefendible, ya condenado por la historía —y a quien es imposible ya limpiar la cara y las manos—, hace que se afecte la confianza y prestigio de la Secretaría de la Función Pública y de la Fiscalía autónoma, los pilares para demostrar en hechos, y no en discursos, la lucha contra la corrupción. Por salvar a Bartlett puede provocar que muchos se hundan. Y sinceramente no vale la pena.

(*) Abogado, periodista y profesor universitario.

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